Mi padre fue un hombre exigente. De pequeña aprendí a respetar, a tener buenos modales, a trabajar duro y con perseverancia por lo que quería y a ser responsable de mis actos.

Cuando tenía 16 años me gané una beca para estudiar en un colegio internacional fuera de mi país. Ser elegido para este colegio es un gran honor porque uno va becado y en representación de su país. Mi mamá se puso feliz con la noticia. Mi papá se puso furioso. La relación entre nosotros, que ya estaba fracturada, se terminó de quebrar. En aquella época yo no entendía a mis padres, ni porque hacían lo que hacían. Yo pensaba que él era anticuado y que me quería controlar.

Hoy tengo una visión distinta y sé que para entenderlos debo comprender de donde vienen; cuáles son sus creencias, valores e historias.

Mi papá creció a la sombra de la segunda guerra mundial en la Argentina. Su padre murió cuando él tenía 11 años y su madre, una mujer inmigrante de carácter fuerte, envío a mi papá y a sus dos hermanas (de 4 y 16 años) a unos internados ingleses en Buenos Aires. Mi papá terminó su educación en el liceo militar. Cuando le daban salida él visitaba a su hermanita de 4 años. Fue una infancia llena de carencias de todo tipo, pero principalmente afectivas. Mi papá creció así.

Me tomó años comprender a papá y darme cuenta de que lo que hizo o dejó de hacer durante mi infancia no fue por ser mala persona. La “sorpresa” del internado le disparó, inconscientemente, los pensamientos y emociones asociadas a su historia personal. Para él, “internado” equivalía a abandono, frialdad, desafecto y muerte.

No se trata de que somos buenos o malos. Cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Pensamos que somos dueños de nuestras decisiones cuando la mayor parte del tiempo no sabemos ni quienes somos. Los seres humanos somos manejados por nuestros pensamientos, creencias y valores. La mayoría de nuestras creencias y valores fueron elegidos por nosotros; son conductas aprendidas que habitan en nuestro inconsciente.

La vida nos fue suavizando. Hoy papá y yo tenemos una excelente relación basada en el entendimiento mutuo. Puedo decir que papá me enseñó la importancia de tener buenos modales, perseverancia y disciplina. Pero mucho más valioso que eso, me enseño sobre el amor incondicional, la compasión, lo que verdaderamente significa ponerse en el lugar del otro, y sobre todo, perdonar y soltar desde el corazón. Todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. En este día del padre no dejemos pasar la oportunidad de agradecer y honrar a nuestros seres queridos. ¡Feliz día del padre! ¡Papá, gracias por tanto!

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