Esta fue una semana muy especial para nuestra familia porque dejamos a nuestro hijo en un campamento de verano en otro país, experiencia que durará 4 semanas.

Como mamá tengo sentimientos encontrados. Por una parte sé que será una experiencia maravillosa para él, en la que aprenderá cosas nuevas, hará nuevos amigos, ejercitará la autonomía e independencia y, sobre todo, enfrentará el miedo a lo desconocido. Es el segundo año que él tiene la oportunidad de vivir esta maravillosa experiencia. El primer año, como padres, teníamos todos los miedos del mundo. Este año sabemos a lo que vamos. Aun así, mi corazón se encoge un poquito bastante cuando pienso que estará 4 semanas por fuera.

Digo “por fuera” y no “lejos” porque soy consciente de que mis emociones, preocupaciones y miedos son mi responsabilidad. Él ya se está convirtiendo en su propia persona. Tengo claro que no le transmitiré mis miedos, inseguridades y apegos ni a él ni a nadie. Yo amo a mi hijo profundamente y siempre voy a querer lo mejor para él. Y lo mejor para él es empezar a volar. Debemos empezar a dejarlo ser.

Ser padre es la responsabilidad más grande del mundo. Los hijos no llegan con un manual. Es más, ningún reto nuevo viene con manual de instrucciones. La vida es así. Hay que vivirla. Hay que aprender. Hay que aprender a aprender. A ganar, a perder, a amar, a llorar, todo. Y ojalá, a ser felices aprendiendo y viviendo. Finalmente, todos hacemos lo mejor que podemos con los recursos que tenemos. Con esta claridad, despido a mi hijo por 4 semanas. Con emociones encontradas pero con la certeza que estoy haciendo lo mejor para él.

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